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XVIII FRAGMENTOS DE JUNIO

Esta pandemia ha sonado como una alarma para despertar de la ilusión de la normalidad, para remecernos y hacernos consciente lo valioso que es estar vivos, el cuerpo, el estar presente, el sentir el contacto con el otro. Esta pausa era crucial para que no nos arrastrara la aceleración con que estábamos pasando por el mundo, nos llevó a nuestro hogar, a nuestro interior para que nos preguntáramos qué es realmente habitar. Siempre sentí esa atracción magnética por la danza justamente porque nos lleva a sentir eso en la experiencia misma del movimiento, de la creación infinita de un cuerpo que dibuja en el espacio, que compone en las dimensiones de esta realidad de una forma muy concreta y paradójicamente, tan abstracta. La danza es un sinónimo de vida porque es cambiante, múltiple y la vez particular de cada intérprete, es una filosofía, anatomía, física, química aplicada en el momento mismo que se investiga, que se cocrea con otras presencias en un mismo tiempo y espacio.

Las crisis pueden ser desgarradoras, dolorosas porque como su etimología nos señala es un derrumbamiento que nos llama a la decisión y a la acción. Ese es uno de los grandes dilemas que nos sitúa con el distanciamiento social, de restricción de nuestra libre circulación, de la detención del libre flujo de las personas, de las maravillosas sincronías de los encuentros de artistas, públicos y comunidades.

 

Nuestra principal herramienta es la creatividad para pivotear y darle otro giro a este fenómeno, que podamos enfrentar esta situación crítica como un espejo que nos muestra las verdades ocultas, los problemas latentes que se van juntando bajo la alfombra y que no queremos ver. Como un aluvión, un cuerpo se derrumba por acumulación de condiciones, micromovimientos, deslizamientos, de la interconexión entre la tierra, el agua, las piedras y el viento, todo se van acomodando hasta que el gran suceso nos pilla por sorpresa sin habernos enterado que se estuvo larvando por dentro. Esta pandemia es la torre que vino post-estallidos sociales para mostrarnos que esta forma de vivir que teníamos ya no daba para más, y más allá de buscar culpables, todos nos tenemos que hacer responsable por construir el mundo y la cultura que realmente anhelamos.

El arte ha quedado encerrando en grupos de interés, elites, donde los artistas comunicábamos nuestras subjetividades a ciegas, a veces sin saber cómo compartirlas llanamente con los otros. Se había cortado el puente que comunicaba el arte con nuestra experiencia cotidiana y se había perdido la potencia de lo que realmente el arte hace en nosotros, resonar, resonar sobre la vivencia humana, en toda su paleta de colores, bemoles y diversidad. Hacernos sentir esa vibración de la creación, de esa impronta, de esa aura que hablaba Benjamin, cuando mostramos el sentido de la existencia en un gesto, en un guiño, en un momento para compartir y atesorar.

 

Otra verdad que nos ha enrostrado esta crisis es que el arte debe recuperar su poder social, de que sea un oficio, un movimiento político, una experiencia transcendental; sin estar sujeto al mercado, ni a los partidos, ni a religiones. El arte como una práctica autónoma e interdependiente a otros saberes, puede ser un canal de transformación humana, que puede hacer caer paradigmas y dar sentido a lo que había perdido valor por la mecanización, las estructuras vacías, las ruedas de esclavización y la monotonía de un paradigma obsoleto que heredamos de la modernidad.

 

Estas verdades nos traen preguntas que viajan como flechas para romper nuestros escudos y nuestros temores. Si queremos que esta crisis nos deje de doler, tenemos que dejar de resistirnos, fluir como un cuerpo bailando contact, tomar la energía de lo que viene y movilizarnos a un nuevo escenario. La virtualidad no logrará reemplazar la experiencia sensorial, espacial y sensible al estar presentes, pero nos abre innumerables formas de investigar, crear y lanzarse a un nuevo juego de representaciones que pueden hacernos explorar una corporalidad translúcida, holográfica, fragmentada, encubierta, entre otras que ya el video danza, la danza en realidad aumentada o en videojuegos se viene experimentando. Quizás esta digitalización nos ha obligado a usar la tecnología como un trampolín a universos e imaginarios inexplorados, a generar equipos cada vez más transdisciplinares, a volver al laboratorio, a jugar para sentirnos presentes en esta virtualidad ausentes de ese gesto, de esa caricia, de ese aplauso y ese abrazo que tanto extrañamos.

 

Contanza Cordovez

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